Y me quedé Fina Filipina

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Tengo tantas cosas acumuladas que contar(os) que he decidido hacerlo de la mejor peor forma que sé: ¡con números!

Así que si sabéis contar: leed mi entrada.

Os cuento mi viaje, 1, 2, 3, 4… no basta. Así no.

Así:

*20 días en total

*(más de) 11.400km de distancia

*8 aviones  y 1 avioneta

*4 compañías aéreas distintas

*39 horas de vuelo en total

*8 horas de diferencia horaria

*7 aeropuertos

*22 islas

*5 Islands Hoppings

*9 guesthouse distintas y 1 casa en el árbol

*11 medios de transporte (avión, avioneta, tricycle, van, taxi, habal-habal, moto, bangka, barco, tabla de surf y ¡mis pies!)

*Me monté con hasta 4 personas en una moto (locurón).

*1.078 fotos

*104 publicaciones en Instagram (que si comparamos con el dato anterior ¡no os he dado tanto la coña!)

*1 pedicura

*2 masajes filipinos

*3 postales

*17 cervezas (no todas el mismo día, que oye… no sería la primera vez..)

*Incontables personas con las que coincidí (incontables porque no las conté, claro)

*7 nuevos amigos en Facebook

*1 clase de surf

*5 puntos de sutura

*1 sello más en el pasaporte, una gran sonrisa y…

…un nuevo país en la mochila!

Posdata: ya sé cuál será el siguiente.

 

 

 

 

Soy mujer, viajo sola ¿y qué?

Travel
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En poco más de un mes me voy de viaje. Compré los billetes hace meses y me hace muchísima ilusión. El gusanillo viajero me produce el típico cosquilleo de “oh, cuán lejos llegarás”.

Amo viajar. Y lo que más me gusta de todo es el ANTES DE. Que sí, que experimentarlo cuando llegue será maravilloso y recordarlo después: otro gran placer, como vivirlo 2 veces.

Pero a mí lo que más me gusta de todo es el “soñarlo”. Leer, investigar, preguntar, averiguar, apuntar, indagar en guías, blogs, planificar. Lo que más me gusta de todo es planificar. EA. ¡Qué le vamos a hacer! Me gusta irme de viaje con los deberes hechos, y NO, no le quita nada de aventura, excitación ni sorpresa. Al menos para mí no.

Pero no venía a hablar de eso. Venía a contaros otra cosa. No va de machismos ni feminismos. Va de los miedos. De los miedos ajenos.

Sinceramente, me estáis (me estoy, porque es culpa mía el dejar que me afecte) jodiendo la mejor parte de mi viaje; que es el antes. Sí, me voy de viaje. Sí, de mochilera. Sí, por Asia. Sí: me voy sola. Y sí, obvio: soy mujer.

Y NO: yo no tengo ESOS miedos. Son vuestros, no míos, así que: no me los deis, no me los digáis, no me los trasvaséis. Repito: son vuestros, no míos.

Sé que nadie lo hace a mala fé, y que no hay mala intención. En parte es preocupación y en parte es, y seamos sinceros: por romper ciertos patrones socialmente aceptados o lo que consideramos: “normal”, “habitual”. ¿Por qué aún nos choca que una mujer joven quiera viajar sola y lejos?

Si vosotros no os atrevéis a hacer algo, por lo que sea, que es muy muy respetable, no transmitáis vuestros miedos a quién sí lo quiere hacer, porque esa persona ya sabe que hay riesgos o peligros y los acepta. (Yo misma por ejemplo, no haría paracaidismo, tengo miedo a las alturas -como soy tan bajita-;pero si un amigo me dice que lo va a hacer y veo el brillo en sus ojos nunca le diría: “Ay, ten cuidado, o mejor, no lo hagas, te puedes matar, o peor, quedarte tretapléjico o te puede morder un águila o te puede volar la cabeza… qué sé yo”)

En mi caso y cito a Dani de Marcando el Polo: “viajar no siempre es más peligroso que estar en casa”. 

Filipinas y el Sureste Asiático en general son lugares mucho más seguros de lo que la gente se piensa. Yo ya estuve en Laos el año pasado y además, no es la primera vez que viajo sola (en 2012 me fui un mes a San Francisco). Y sin duda, han sido grandes experiencias en mi vida.

Sí, soy mujer y viajo sola. La próxima vez que quieras decirme algo lee primero esto.

Y sí, tengo mis miedos, como todos, pero no está mal tener miedo, sino todo lo contrario.

¿Qué sería de una vida sin miedos, sin la incertidumbre de lo incierto?”

¿Sabéis qué me puede pasar?

Que sea la mejor experiencia de mi vida. 

Piña

 

 

Te dejo

Espalda desnuda
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Hoy por fin lo he decidido.

TE DEJO.

Ya está bien. Es la última mañana que me despierto odiándome a mí misma por haber caído de nuevo. Me muevo entre las sábanas y estás ahí. Se me revuelven las entrañas.

No soy yo: ERES TÚ. TÚ y solamente TÚ, maldito.

Otra vez me dejé embaucar y cegar por ti, sabiendo que no me hacías bien. Otra, como tantas otras veces. Me transformas. Cuando estoy contigo no soy yo. No me dejas ser yo misma.

Pero hoy lo he decidido: te dejo. Nunca más.

Me haces daño, eres tóxico. Eres peor que el mismísimo Satán. Eres el Mal. Eres todos los males.

No me controlo cuando estás conmigo. Me dicen que si me quisiera, si me respetara: no te volvería a llamar. Pero hoy sí. Hoy me voy a querer.

Esta mañana, maltrecha, me he mirado al espejo y no me ha gustado lo que haces de mí. Hoy sí. He tomado una decisión.

HOY TE DEJO. Y lo hago públicamente, para que todos lo sepan.

Ya no me haces feliz. Eres una herida con gangrena, un engaño, eres peor que pasear por el centro de Madrid en Navidades, una infección pustulenta. Eres caos, eres enfermedad.

Hoy he decidido que, finalmente,

TE DEJO,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JAGGER…

Jaggermeister

Jaggermeister Satán

 

El día extra del año

Planning
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Desde hace unas semanas no paro de pensar en una cosa. Me bulle la cabeza.

Para que os miento, no puedo pensar en una sola cosa desde que me desteté de mi madre. Allá por… pues eso. Que me bulle mucho la cabeza. En general.

Estas pasadas Navidades me felicitaron con una pregunta. Y no ha parado de jorobarme:

2016 viene con un día extra ¿en qué lo vas a gastar?

Maldita la estampa del creativo y mente pensante que desde entonces no descanso. ¿En qué narices voy a gastar UN DÍA MÁS? Posiblemente lo acabe malgastando en cualquier cosa, como en pensar en qué voy a gastarlo.

¡PERO NO! Un día extra tiene miga, puedo hacer muchas cosas, así que es súper importante que lo programe bien para no desperdiciarlo. Después me viene a la mente otro pensamiento recurrente: ¿Qué haría Beyoncé? ¿En qué lo emplearía ella? (no me miréis así, en la interné Beyoncé es una super woman que le saca chorrocientas horas a 24, no debe ser humana, qué sé yo).

Ahora en serio, de verdad, este tema me preocupa. ¿En QUÉ voy vamos a emplear estas 24 HO-RA-ZAS gratis? Sí, ya sé: el 29 de febrero cae LUNES nosajodiomayoconsusflores me diréis los pesimistas (VADE RETRO CENIZOS), pero en el cómputo general del año suma; son 366 días, 24 horas más con todos sus minutejos, segundos y su canesú.

Al principio pensé en darme un capricho con esas 24 horas. Pero ¿y cuál? ¿dormir? ¿Salir, beber, el rollo de siempre? ¿Jugar al monopoly? (24 horas es la media de una partida normal de ese juego satánico) ¿Hacer algo de provecho? ¿Maratón de pelis? ¿Un viaje? ¿Una ultramaratón?

Reíros de mí si os place, pero este tema me agota. Pensé en dividir ése día extra entre los 365 del año para saber a cuánto extra tocaba a cada día, pero pff, es ¡tan poco! Os he hecho el cáculo: son 0,0027 horas extra cada día. Bueno, no sé, igual puedes dormir 20 segundos más al día. A los del “5 minutos más, por favor” igual les compensa. Qué sé yo.

Así que finalmente, he decidido tomar el día entero como un regalo y repartírmelo así:

  • 8 horas de reír, pero no seguidas. Me gusta mi mandíbula.
  • 4 horas y 15 min. de beber buen vino y comer queso.
  • 7 milisegundos para leer vuestras quejas.
  • 35 minutos para llamar a mi madre y contarle milongas.
  • 23 segundos para pintarme los labios rojo puta pasión.
  • 3 minutos para sonreír a extraños.
  • 2 horas y 40 minutos dedicados a dibujar.
  • 37 minutos para mirar pasar a gente, sin disimular.
  • 1 hora para correr de un sitio a otro. Despistando.
  • 26 minutos para escribir una carta a mano.
  • 2 horas y 60 milisegundos a hacer la croqueta. En el césped.
  • 13’67 minutos a imaginar.
  • 33 segundos para saltar a la comba.
  • 0 segundos a quejarme.
  • 12 minutos para ducharme.
  • 1’33 minutos para cantar en la ducha.
  • 3 horas para pensar en la ducha.
  • 45 minutos para retozar (apta para mentes calenturientas).
  • 4’77 minutos en regar las plantas. De la vecina.

(Seguro que tengo que emplear algo de tiempo en re-aprender a contar. Mejor no suméis.)

Y ahora haciendo alarde de sinceridad suprema: ¿En qué lo voy a gastar realmente?

Pues en quejarme en Twitter.

Y beber vino😉

 

2016 viene con un día extra ¿en qué lo vas a malgastar?

 

De balanzas y balanceos

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Llevo unos días observando, agazapada tras vosotros, con gafas de sol oscuras y sombrero. A veces hasta bigote.

Bueno, no tanto. Bigote no. Ni gafas. Ni siquiera me oculto.

Os leo. Veo lo que publicáis, corrijo mentalmente vuestros errores ortográficos. Os doy golpes de remo, metafóricos. Os aplaudo silenciosamente. Miro hacia otro lado, pongo caras y muecas a diestro y a siniestro.

Estáis muy “pesaítos” con vuestros “Balances de fin de año”. Que no sé, seré rara, pero sólo es un día más en el calendario. No marca nada más que debemos cambiar numeritos en las fechas. Pero es que cada día la fecha es distinta.

Yo es que estoy con resaca ya. Y un poco HATER. Solo que, al final, he decidido hacer mi propio BALANCE en vez de quejarme tanto. Por variar, más que nada.

Este año aprendí a correr sobre la cuerda floja y sin red de seguridad. Lloré de la risa. Me reí del llanto.

Cogí varios aviones y viajé mucho, menos de lo que quisiera. Pero ya no me engaño: siempre viajaré menos de lo que quiero. Maldita manía ésta de tener que depender del dinero.

Es el año en que reventé un par de zapatillas de running y más veces madrugué para drogarme en el gimnasio.

Me enamoré, sí. Pero de verdad de la buena, con sus mariposas en el estómago y toda esa parafernalia.

Este año me deshice de muchas cosas. Y algunas personas. Y de los miedos y los “no valgo”. Tomé muy malas decisiones que me sentaron bien.

Aprendí nuevos juegos. Dibujé, pinté y diseñé lo que mis manos quisieron. Dormí poco. No soñé: lo hice. Planifiqué demasiado: para luego hacer lo que no debía. Decidí prescindir del dinero en la mayoría de mis decisiones vitales (¡TOMA YA!).

Descubrí nuevos vinos, destinos y otras formas de hacer las cosas. Empecé de cero hasta 15 veces. Celebré un cumpleaños muy divertido. Sobreviví a 7 resacas letales. Y alguna flojita.

Dije muchas veces NO, para estar convencida de las veces que SÍ. Corrí, caí, andé, me quejé y fui un coñazo de tia, pero adorable. Y volví a pensar que el 31 de diciembre es sólo una fecha más en el calendario.

 

Este es será mi Balance…

 

…para el 2016.

 

... lo que quieras

… lo que quieras

 

Los imperdibles

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Puedo escribir los versos más alegres esta mañana;

Puedo…por ejemplo….

Hablar de esos curiosos objetos en los que nadie suele reparar: los imperdibles.

¡Hablemos de los imperdibles!

Según la RAE un imperdible es:

1. Adj. Que no puede perderse.

2. m. Alfiler que se abrocha quedando su punta dentro de un gancho para que no pueda abrirse fácilmente.

Llevo un tiempo a vueltas con este concepto. Y me río sola y pienso: ¡es tan jodidamente fácil perder un imperdible! De hecho, ¿soléis encontrarlos cuando los buscais? Por que yo no, de hecho los llamaría “escondibles” o “escapistas” o “DóndeCoñoLosDejéLaÚltimaVez”.

Un imperdible, cuando lo tienes, hace bien su trabajo. A veces pincha que da gusto. Todos hemos deseado autopista directa al infierno para el inventor cuando nos hemos clavado uno. Joder. Y normalmente suelen encontrar la manera de pincharte. No sabes cómo, pero los muy hijosde (su inventor), lo hacen bien.

Puedes vivir mucho tiempo sin acordarte de un imperdible, de hecho te acuerdas de su existencia cuando lo necesitas de verdad. Y entonces es cuando viene el DóndeCoñoLosDejéLaÚltimaVez. Pero están AHÍ. Sí. Donde los dejaste por última vez. Y siguen ahí, te miran con cara de alfiler, no se quejan. Te pinchan. Maldices. Pero cumplen con su trabajo.

Sigo pensando que es tremendamente fácil perder un imperdible. Por lo que su nombre me hace mucha gracia. Y el muy jodido me pincha, para que no me vuelva a reír de él.

Todos hemos perdido objetos de valor o a los que teníamos cariño. Pero perder un imperdible, bueno… con suerte te das cuenta. Nadie repara en ellos. Hasta que los necesita. Son simples. No hay mucha ciencia en un imperdible (pero sí mucha mala baba en su punta). A los alfileres les gusta jugar a esconderse en un pajar. Un imperdible no. Se volatiliza, sólo cuando lo buscas.

La última vez que vi un saquito lleno de imperdibles, lloré. (No es que se me lanzasen todos a una, no, mi vida no es una peli de terror de serie B. Al menos no el 75% del tiempo. –El ataque de los imperdibles asesinos-). Lloré porque estos pequeños seres metálicos con mirada de alfiler y muchas ganas de clavárseme en la piel, me inspiraron algo. (Nota mental: un día debería escribir un guión sobre imperdibles asesinos, nazis y oxidados. Y zombies. Porque siempre deben aparecer zombies. Y punto).

Reflexionemos. Los imperdibles. Podrías vivir sin ellos. Puedes. Inténtalo. Hazlo. Pero seguro que en algún momento los necesitas. Uno nunca sabe cuando, pero siempre siempre, en algún remoto 29 de febrero, los necesita. No molestan, apenas ocupan espacio (mental). Pero siempre están ahí, en su lugar (aunque te vuelvas loco y DóndeCoñoLosDejéLaÚltimaVez). Te esperan. No se quejan. Te ayudan. Y no te reprochan que por qué confiaste en un alfiler la última vez. No. Posiblemente te pinchen. No lo hacen a malas. Seguramente necesitabas ese “pinchazo” para darte cuenta que algo no lo estabas haciendo bien. Los “usas”. Te salvan el día. Luego los dejas en su sitio. Y ellos te esperan, con metálica paciencia, a que vuelvas a necesitarlos.

La vida sigue y tú te olvidas de los imperdibles. Total. Tienes mucha fiesta en el pajar buscando a los alfileres como para pensar en ellos. Pero los vuelves a necesitar, y te acuerdas de ellos. Ja. Sólo te acuerdas de los imperdibles cuando los necesitas. Y como son bastante “perdibles” y “DóndeCoñoLosDejéLaÚltimaVez” te vuelves loco buscándolos. Hasta que reparas en que están en el mismo lugar dónde los dejaste la última vez.

Que por algo se llaman imperdibles. Ellos no tienen culpa que a tu memoria le caigas mal. Y los usas. Te pinchan. Pero te salvan el día. Luego los dejas en su sitio. Y ellos te esperan, con metálica paciencia, a que vuelvas a necesitarlos.

Los imperdibles. Ahora sonrío cuando los miro. Los he dejado a la vista, para que me pinchen lo menos posible y sobre todo, para que no se les ocurra irse a DóndeCoñoLosDejéLaÚltimaVez. Tengo mucha suerte.

He entendido que los imperdibles son importantes. Y no quiero recurrir a ellos sólo cuándo los necesite. Hasta me gusta cuando se me clavan en la piel. He entendido que lo pequeño: Es muy grande.

Los imperdibles enganchan.

Y por supuesto, en ningún momento estuve hablando de ellos.

🙂

Imperdibles

Imperdibles